
Intensifica Estados Unidos la repatriación de migrantes
Sandra Luz Roldán
En el operativo de repatriación encabezado por la Secretaría de Gobernación (Segob), entre enero y mayo de este año, se documentó el retorno de 235 migrantes originarios de Oaxaca. Entre ellos, 142 hombres, 68 mujeres y 25 menores de edad. Del total de niñas y niños, 11 viajaban solos, mientras que los restantes fueron entregados a familiares en territorio nacional.
La Secretaría de Gobernación, a través del documento estadístico de la Unidad de Política Migratoria para 2025, confirma lo que las comunidades oaxaqueñas saben desde hace años: sus hijos migran y muchos ya no regresan. Otros regresan en condiciones de incertidumbre absoluta. La llamada “devolución de mexicanas y mexicanos desde Estados Unidos” no es una operación con rostro humano. Es un mecanismo binacional de limpieza silenciosa.
Oaxaca figura entre las entidades con mayores registros de devolución entre enero y mayo de 2025. No es la primera, pero está en el grupo que mantiene la tendencia. El gobierno estadounidense arroja personas al lado mexicano sin protocolo de retorno a su origen. No hay conexión directa con sus comunidades, no hay acompañamiento, no hay garantías.
La política migratoria funciona en tránsito, no en destino. Lo confirman las cifras: miles de mujeres y menores devueltos por razones que no se desglosan. Casi todos, incluidos los menores no acompañados, arriban a ciudades fronterizas sin nexos ni medios para regresar a Oaxaca.
Entre enero y mayo de 2025, se documentaron miles de eventos de devolución de mexicanas y mexicanos. Oaxaca aportó una fracción importante. Mujeres solas, jóvenes sin documentación, niños que viajaban acompañados por familiares no reconocidos por las autoridades migratorias.
Las devoluciones se hacen por grupos: adultos por un lado, menores por otro. El mismo documento oficial señala que los menores pueden ser devueltos bajo condiciones de “retorno asistido”, un término técnico para una práctica profundamente despersonalizada. Nadie garantiza que esos menores sean ubicados en su comunidad. Muchos nunca lo son.
Se sabe que niñas y adolescentes de origen oaxaqueño figuran en las listas de recepción en entidades como Tamaulipas y Sonora. Oaxaca no recibe directamente a sus propios migrantes devueltos. Los pierde en el territorio intermedio. Hay una zona gris entre frontera y origen donde la gente se desvanece.
Muchos de los oaxaqueños devueltos no regresan a casa. Se quedan cerca del punto de expulsión, buscando empleo en maquilas, vendiendo en la vía pública, trabajando como cargadores, cocineros, albañiles. Algunos intentan volver a cruzar. Otros ya no pueden. No tienen medios ni contactos. Se pierde el vínculo con la comunidad.
Lo dramático es que Oaxaca espera. Las familias siguen creyendo que el hijo migrante volverá. Pero la realidad es que la mayoría de los devueltos permanece deslocalizado. La devolución se convierte en otra forma de migración forzada.
Se repite el patrón: cruzan, los detienen, los expulsan, se quedan atrapados. Y Oaxaca —el pueblo, el ejido, la colonia— nunca los vuelve a ver.
Comparado con otras entidades, Oaxaca no encabeza las cifras de devolución, pero tiene un diferencial preocupante: muchos de sus migrantes devueltos provienen de comunidades alejadas, sin acceso fácil a transporte ni a canales institucionales para el retorno. El costo del viaje de la frontera norte a Oaxaca puede equivaler al ingreso mensual de una familia rural.
Mientras estados como Jalisco o Guanajuato cuentan con redes estatales para la atención de migrantes, Oaxaca opera bajo la lógica de lo comunitario. Cuando no hay comunidad en el punto de devolución, no hay nada.
Los niños oaxaqueños que son devueltos sin compañía oficial no ingresan a ningún programa de reintegración claro. El documento de la Secretaría de Gobernación lo registra como evento. No como vida.
La estadística no distingue entre un menor que sí regresa a San Juan Mixtepec y uno que queda en Ciudad Juárez sin familia. El Estado mexicano recibe, pero no articula. El gobierno de EE. UU. expulsa, pero no informa. Y Oaxaca se convierte en territorio de espera infinita.
La migración oaxaqueña ya no se mide sólo por número de cruces. Se mide por número de ausencias. Por número de padres que no saben si sus hijos están en Tijuana, en el Desierto de Arizona, o en alguna estadística.
Las autoridades mexicanas reportan números. Pero en Oaxaca lo que importa son los rostros que no regresan. Las llamadas que no entran. Las cartas que no llegan.