Cinco rutas para perderse y encontrarse en Oaxaca

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Sandra Luz Roldán

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En Oaxaca, la magia se vive. Se respira en los caminos de tierra, en los templos de cantera, en los mercados donde el mezcal se sirve en jícaras y las mujeres bordan la memoria en cada hilo. Más allá de las etiquetas oficiales, hay pueblos que hechizan por derecho propio. Cinco de ellos han sido reconocidos como Pueblos Mágicos, pero muchos más lo son por vocación, por historia, por belleza.

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Capulálpam de Méndez

A más de dos mil metros de altitud, en la Sierra Norte, Capulálpam se levanta entre pinos y capulines como un refugio para el alma. Pueblo zapoteco que conserva su lengua, su medicina tradicional y su arquitectura barroca, es un lugar donde el tiempo se desliza sin prisa. El templo de San Mateo, del siglo XVI, es una joya de cantera amarilla que guarda retablos de estilo churrigueresco. Pero la verdadera experiencia está afuera: en los senderos que llevan al Cerro Pelado, en las aguas del río Los Molinos, en la tirolesa que atraviesa el bosque, en las limpias que ofrecen los médicos tradicionales. Capulálpam no se visita. Se habita.

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Huautla de Jiménez

En la región de la Cañada, entre cerros envueltos en neblina, Huautla es un pueblo que vibra con el misticismo de sus raíces. Tierra de María Sabina, sacerdotisa de los hongos, es un lugar donde la medicina ancestral convive con la gastronomía más auténtica: atole agrio, tamales de tesmole, guaxmole, pilte, caldo de chivo. Las grutas de San Sebastián, las más profundas del continente, y la cascada Velo de Novia son testimonio de una geografía que no se rinde. Aquí, el turismo es rito, es silencio, es comunión.

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San Pablo Villa de Mitla

Mitla no necesita adjetivos. Su nombre, que significa “lugar de los muertos”, es suficiente para entender su profundidad. Segunda zona arqueológica más importante del estado, es un mosaico de grecas zapotecas, de templos coloniales, de talleres textiles y palenques de mezcal. El museo Frisell guarda piezas que narran siglos de historia, y las cuevas prehispánicas de Mitla y Yagul han sido reconocidas como Patrimonio Mundial. Pero Mitla también es presente: es tejate, es nicuatole, es pan pintado a mano, es bicicleta nocturna con los niños del pueblo. Es magia viva.

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San Pedro y San Pablo Teposcolula

En la Mixteca Alta, Teposcolula deslumbra con su arquitectura dominica. El templo y ex convento de San Pedro y San Pablo, con su capilla abierta —la más grande de América Latina—, es una obra que respira solemnidad. La Casa de la Cacica, residencia de la última reina mixteca, es un testimonio de dignidad indígena. Pero Teposcolula también es juego de pelota, es muralismo contemporáneo, es repostería artesanal horneada en piedra, es leyenda contada al calor de una fogata. Aquí, cada calle empedrada es una página de historia.

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Mazunte

En la Costa oaxaqueña, Mazunte es un poema de agua y luz. El Centro Mexicano de la Tortuga, la fábrica de cosméticos naturales, la laguna de La Ventanilla, la Playa Escobilla, el Cerro Sagrado de Punta Cometa… todo en Mazunte invita a quedarse. A nadar, a caminar, a observar, a respirar. El snorkeling en San Agustinillo, el avistamiento de ballenas, la bioluminiscencia en Manialtepec, los festivales de solsticio y manglares… Mazunte es un canto a la vida.

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Pero hay más. Mucho más.

En Oaxaca, hay pueblos que no tienen certificación pero sí alma. Santa Catarina Lachatao, con sus rituales de montaña. San Juan Teitipac, con sus bordados de historia. San José del Pacífico, con sus nubes que curan. Santiago Apoala, con sus cascadas escondidas. Y tantos otros que esperan sin esperar.