Hay de ciudades a ciudades… 

—Hay proyectos que nacen con alma, pero sin cuerpo —dice el reportero oaxaqueño mientras enciende un cigarro que no debería fumarse, en un café de la colonia Reforma, otra parte de la capital oaxaqueña que huele a mezcal, a historia reciente y a paciencia.

Frente a él, el enviado especial de UGD Medios hojea su libreta con gesto escéptico. No es la primera vez que oye hablar de grandes obras en esta tierra donde los discursos florecen más rápido que los adoquines.

Pero esta vez —insiste su interlocutor, con el tono del que ha aprendido a no creer en nada y sin embargo no deja de esperarlo todo—, esta vez parece que sí va en serio.

La Ciudad de la Salud. Así se llama el nuevo sueño. Un complejo hospitalario federal en el poniente de la capital, por San Lorenzo Cacaotepec, sobre la supercarretera a Cuacnopalan.

Terrenos donados por el gobierno estatal, inversiones del IMSS y del ISSSTE, bisturíes y concreto listos para levantar quirófanos donde antes solo hubo promesas. Una ciudad de batas blancas, de centros de investigación, de laboratorios que parecen salidos de un futuro aún improbable.

Pero para entender este proyecto, hay que mirar hacia atrás. Como todo en Oaxaca, el presente se escribe con la tinta del pasado.

—¿Tú sabías que hace veinte años ya habíamos tenido una ciudad que no fue? —pregunta el reportero mientras exhala humo y memoria.

La Ciudad Satélite, se llamaba. Se levantaría en Cuatro Venados, allá por San Pablo, antes del Llano de Toro. Por Cuilapam. Por Zaachila. Se hablaron de 600 hectáreas de desarrollo urbano, viviendas, centros comerciales, un centro de convenciones del tamaño del ego de quienes lo soñaron. La joya del Valle Central, lo llamaron. Un punto de fuga para la sobrecarga de la ciudad capital.

Pero no contaron con el pequeño detalle de que la tierra en Oaxaca no se entrega, se defiende.

Los comuneros dijeron no. Los papeles nunca llegaron. Los conflictos agrarios, esos viejos fantasmas que sobreviven a gobiernos, sepultaron la ciudad antes de poner la primera piedra. Y así, Cuatro Venados se convirtió en la metáfora perfecta del fracaso institucional, promesas de mármol sobre cimientos de lodo.

Ahora, dos décadas después, la historia parece repetirse, pero con variaciones de fondo. En Cacaotepec hay tierra regularizada, hay un trazo claro, hay inversión firmada. Y, sobre todo, hay necesidad, una necesidad brutal, urgente, innegable.

El enviado anota sin levantar la vista. No está convencido del todo. Sabe que en Oaxaca el tiempo camina en espiral. Que donde se abre un camino también puede cerrarse de pronto, como un portazo comunal. Que las tierras donadas también pueden ser reclamadas por otros, que los papeles son apenas papel. Y que, tratándose de despojos, como de hermanas, se rompe la amistad.

Pero hay algo en la voz del reportero local que lo inquieta, una mezcla de rabia, orgullo y ternura. Como si, debajo de la crónica, hubiera una herida abierta.

—No se trata sólo de hospitales —dice, y sus ojos no miran a nadie—. Se trata de redención. De que esta vez no se nos quede todo en ruinas. De que nuestros hijos vean levantarse una ciudad, aunque sea entre los escombros de otra que nunca existió.

Porque Oaxaca recuerda. Y Oaxaca duele. En sus montes viven historias sin resolver, en sus tierras laten pleitos de siglos. Pero también hay algo que no muere, la fe en que un día sí. Que esta vez no nos mientan. Que el futuro tenga más quirófanos que discursos. Que, por una vez, la ciudad prometida se levante sin fantasmas.

Y si no es así, si el proyecto se hunde como tantos otros, al menos quedará este relato, el de dos periodistas en una ciudad que sigue creyendo que aún es posible construir algo decente sobre las ruinas. Aunque sea con palabras. Aunque sea a pulso. Aunque cueste tanto como un siglo de olvido.

Porque a veces —solo a veces—, las ciudades se levantan cuando uno ya ha dejado de esperarlas.

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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx