Sandra Luz Roldán
En Oaxaca, la infancia laboral es una constante no dicha, que se instala desde la primera frase que recibe un recién nacido: “ya tiene usted un ayudante”. No es un elogio ni una ocurrencia cultural, sino un acto anticipatorio: se ha decidido el destino del niño antes de que aprenda a hablar. Así inicia el trabajo infantil. No en un taller mecánico, ni en el campo, ni en la venta ambulante. Inicia en el lenguaje.
Según el Modelo de Identificación de Riesgo de Trabajo Infantil 2022 de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), Oaxaca cuenta con 328 municipios clasificados con nivel medio de riesgo y 8 municipios con nivel alto de riesgo por ocupaciones no permitidas que involucran a menores de edad. Esta alerta estadística revela un patrón sociolaboral donde la niñez es mano de obra y no sujeto de derecho.
Entre los municipios con nivel alto se encuentran San Andrés Lagunas; Santa María Ixcatlán; San Francisco Cajonos; Santa Inés Yatzeche; Santiago Atitlán; San Francisco Teopan; Santiago Apóstol y Santos Reyes Yucuná, entre otros.
Y los municipios con nivel medio (ejemplos entre muchos), los encabezan San Martín Peras; Santa Magdalena Jicotlán; San Bartolomé Yucuañe; San Miguel Yotao; Magdalena Teitipac; San Pedro Amuzgos; Santa Cruz Zenzontepec y Eloxochitlán de Flores Magón.
Estos nombres no solo señalan regiones con presencia indígena, marginación estructural o rezago educativo. Representan puntos donde la infancia se convierte, prematuramente, en agente económico sin defensa ni salario justo.
Los niños trabajan sin saber que están siendo explotados. Para muchos padres, el acto de integrar al menor en la dinámica productiva no implica maltrato sino formación. “Así aprendí yo”, “los hijos están para ayudar”, “mientras más crecen, más trabajan”. En zonas rurales, esta lógica se profundiza con creencias arraigadas: el hijo es quien mantendrá a los padres en la vejez. Esta expectativa genera una deuda emocional anticipada que justifica, ante la comunidad, el desgaste físico, mental y escolar de la infancia.
Se vende fruta, se cuidan animales, se ayuda en el campo, se cocinan tamales, se acompaña a la madre en jornadas de mercado desde los 5 años. Cada actividad normalizada se convierte en jornada laboral encubierta. No hay prestaciones, no hay descanso, no hay protección legal. Solo hay rutina y silencio.
Este fenómeno no puede explicarse solo como carencia económica. Tiene raíces culturales profundas. En muchos pueblos de Oaxaca, el trabajo es identidad. Participar en el esfuerzo colectivo familiar es prueba de carácter. Pero cuando ese esfuerzo recae sobre menores de edad sin distinción entre ayuda y carga, la cultura se convierte en mecanismo de opresión.
Antropológicamente, se observa una estructura familiar que reproduce la lógica del sacrificio infantil como herramienta de supervivencia. La figura paterna, muchas veces ausente o desvinculada, deja a la madre la tarea de incorporar al niño como apoyo, prolongando así el ciclo de pobreza y limitando las posibilidades educativas.
Laboralmente, el resultado es un mercado informal infantil, sin visibilidad institucional, que perpetúa desigualdades y vulnerabilidades. Al crecer, estos niños difícilmente rompen el ciclo, y muchos no conocen otra forma de relacionarse con el mundo que no sea a través del trabajo.
La STPS alerta sobre los riesgos que enfrentan estos menores en ocupaciones no permitidas. Riesgo físico, psicológico, educativo. Pero la mayor advertencia es la cultural: mientras no se cuestione la idea del niño como “ayudante nato”, el trabajo infantil seguirá disfrazado de costumbre. Y Oaxaca seguirá siendo territorio de silencios institucionales y voces infantiles sofocadas por la carga del machete, el comal o el bulto de mercado.