¡Feliz Halloween, Muertos!

La batalla cultural que se libra entre calabazas y cempasúchil

Cada año, cuando octubre se desangra en naranja y noviembre asoma con olor a copal, México se convierte en un campo de batalla simbólico. No hay armas. Hay disfraces. No hay trincheras. Hay altares. No hay enemigos. Hay muertos. Y en medio de todo, una pregunta que se repite con la insistencia de un rezo mal aprendido: ¿Halloween o Día de Muertos?

En las calles de la Ciudad de México, los niños piden dulces disfrazados de Spider-Man, brujas fluorescentes y zombis con maquillaje de supermercado. En las casas de Oaxaca, los altares se levantan con pan de muerto, veladoras, retratos, flores de cempasúchil y tamales de mole negro. En los centros comerciales, las calabazas plásticas compiten con las calaveras de azúcar. En las escuelas, los maestros explican que una cosa es tradición y la otra es invasión. Pero en la práctica, todo se mezcla. Todo se adapta. Todo se transforma.

El Halloween llegó por la televisión, por las películas, por los centros comerciales, por los paquetes escolares bilingües. Se instaló con fuerza en las zonas urbanas, en las clases medias, en los barrios donde el inglés se pronuncia con acento de serie doblada. Pero no es nuevo. Lleva décadas en el país. Y no es enemigo. Es síntoma. Es reflejo. Es parte de una globalización que no pide permiso.

El Día de Muertos, en cambio, se presenta como la esencia de lo mexicano. Como la prueba de que aquí no se teme a la muerte, se le invita a cenar. Como el ritual que nos distingue del resto del mundo. Pero esa versión es reciente. Fue construida por el Estado, por los intelectuales, por los libros de texto, por el turismo cultural. No es mentira. Pero tampoco es toda la verdad.

En realidad, el Día de Muertos es una mezcla. Tiene raíces indígenas, sí. Pero también tiene influencias católicas, coloniales, europeas. El altar no es prehispánico. Es barroco. Las calaveras de azúcar no son aztecas. Son conventuales. El pan de muerto no es ritual ancestral. Es panadería criolla. Y eso no lo hace menos auténtico. Lo hace más interesante.

En Xochimilco, por ejemplo, la alumbrada transforma el panteón en un mar de luces. Las familias velan a sus muertos con comida, música y silencio. No hay disfraces. Hay respeto. Pero también hay niños que, al salir del panteón, piden dulces en las calles. Y nadie se escandaliza. Porque en México, la contradicción no se resuelve. Se celebra.

En Monterrey, los centros comerciales organizan concursos de disfraces. En Pátzcuaro, las comunidades purépechas preparan altares comunitarios. En Guadalajara, los bares ofrecen shots temáticos. En Mixquic, las tumbas se iluminan con velas. En Tijuana, se cruzan fronteras simbólicas y reales. Y en todas partes, los muertos regresan. Con o sin permiso.

La discusión sobre Halloween y Día de Muertos no es una guerra. Es una conversación. Una negociación cultural. Una muestra de que las identidades no son puras. Son procesos. Son mezclas. Son adaptaciones. Y en ese sentido, México no pierde nada al celebrar ambos. Al contrario. Gana complejidad. Gana matices. Gana historias.

Porque al final, lo importante no es si el niño se disfraza de Batman o si el altar tiene papel picado. Lo importante es que haya memoria. Que haya vínculo. Que haya conversación con los que ya no están. Que haya pan, flores, dulces, luz, silencio, risa. Que haya vida.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Fragmento de “Yo, tú, él y sus cuentos”