Oaxaca y los muros de una ciudad

Oaxaca y los muros de una ciudad

Hay ciudades que se explican por sus calles, otras por sus plazas, y unas cuantas —muy pocas— por la piel de sus edificios. Oaxaca pertenece a esta última categoría. No es sólo un conjunto de templos, casas y conventos; es una ciudad que ha construido su identidad a partir de lo que muestra y de lo que oculta. Una ciudad que aprendió a vivir entre la piedra expuesta y el recubrimiento perdido, entre la memoria que se conserva y la que se desmorona con cada temporada de lluvias.

Quien camina por el Centro Histórico cree ver una ciudad detenida en el tiempo, pero esa quietud es engañosa. Bajo la apariencia de piedra verde, hay capas de decisiones, olvidos, intervenciones y renuncias. Cada muro es un archivo. Cada fachada, un testimonio. Cada desprendimiento, una advertencia. Y aunque la postal turística insiste en vender una ciudad pétrea, la realidad es más compleja: Oaxaca ha sido, desde sus primeros días, un territorio donde la arquitectura se ha reinventado tantas veces como sus habitantes.

La imagen actual —esa que se presume en folletos, recorridos y discursos oficiales— no nació sola. Es el resultado de siglos de temblores, restauraciones, modas, descuidos y obsesiones. La ciudad ha sido reconstruida tantas veces que su apariencia es más una negociación que una herencia. Y en esa negociación, la piedra quedó al descubierto no por pureza estética, sino por desgaste, por falta de mantenimiento, por decisiones técnicas mal entendidas y por una fascinación contemporánea por lo “colonial” que pocas veces coincide con la verdad material de los edificios.

En este punto, se abre un escenario inquietante: la ciudad que presume su piedra podría estar condenando sus propios muros. La cantera verde, tan celebrada, es también frágil. Se deshace con la humedad, se fisura con el sol, se erosiona con el viento. Sin la protección adecuada, envejece mal. Y sin embargo, la obsesión por mostrarla ha llevado a que muchos inmuebles pierdan la capa que alguna vez los protegió. La petrofilia —esa manía de dejar la piedra desnuda como símbolo de autenticidad— se ha vuelto un gesto tan común como peligroso.

La ciudad, mientras tanto, sigue recibiendo visitantes que buscan una postal que nunca existió del todo. El turismo cultural, convertido en motor económico, exige una imagen reconocible, casi teatral. Y en esa exigencia, los muros se convierten en escenografía. Se restauran fachadas para que luzcan antiguas, se retiran recubrimientos para que parezcan originales, se integran piedras nuevas que imitan a las viejas. La autenticidad se vuelve un artificio. La memoria, un producto.

Pero la ciudad no es sólo sus templos. También es la vida que se mueve entre ellos. La irrupción del automóvil, por ejemplo, transformó la escala humana que alguna vez definió sus calles. Lo que antes era un tejido de plazas, atrios y corredores peatonales se convirtió en un territorio disputado por motores, ruido y velocidad. La modernidad llegó sin pedir permiso, y con ella una nueva forma de habitar la ciudad: más rápida, más fragmentada, menos contemplativa. La vida cotidiana cambió, y con ella la relación con el espacio.

Hoy, Oaxaca vive entre dos fuerzas: la que quiere conservar y la que quiere avanzar. La que defiende la piedra desnuda y la que exige protegerla. La que apuesta por el turismo y la que reclama una ciudad para quienes la habitan. La que mira al pasado con nostalgia y la que entiende que la memoria también necesita mantenimiento.

En este cruce de caminos, conviene imaginar escenarios posibles. Uno de ellos plantea una ciudad que decide restaurar sus recubrimientos, no por capricho estético, sino por responsabilidad técnica. Otro sugiere que la población, acostumbrada a ver piedra, rechace cualquier intervención que modifique la imagen que cree original. También existe la posibilidad de que la ciudad siga cediendo a la presión turística y mantenga una apariencia que, aunque atractiva, compromete la vida útil de sus edificios.

Para evitar que la ciudad se convierta en una ruina maquillada, sería necesario que las decisiones de conservación se tomen con criterios técnicos y no con nostalgias. Que la población entienda que la autenticidad no siempre coincide con la apariencia. Que los restauradores trabajen sin miedo a contradecir la postal turística. Que los gobiernos asuman que la conservación no es un espectáculo, sino una obligación.

Oaxaca no necesita parecer antigua; necesita sobrevivir. Y para sobrevivir, debe reconciliar su memoria con su materia. Debe aceptar que la piedra no es eterna y que la cal no es un enemigo, sino una aliada. Debe entender que la belleza no está sólo en lo que se ve, sino en lo que se preserva.

La ciudad que hoy se recorre entre cafés, galerías y turistas es la misma que, hace siglos, se levantó con prisa, con fe y con cal. La misma que resistió temblores, sequías, invasiones y modernidades. La misma que sigue buscando su equilibrio entre lo que fue y lo que quiere ser.

Y quizá, al final, la verdadera identidad de Oaxaca no esté en sus muros, sino en su capacidad de reinventarse sin perderse. En su habilidad para sostener la memoria sin convertirla en museo. En su empeño por seguir siendo una ciudad viva, aunque su piel cambie con el tiempo.